sábado, 31 de mayo de 2014

Parte IX de nuestra transcripción de la Vita Aegidii, según la traducción de Julian Donado Vara, Párrafos, 30 al 40.



  
Andrea de'Bartoli, La disputa de Santa Caterina con i filosofi. Asissisi, basilica di San Francesco, cappella di Santa Caterina.






   
-->30.-  Stefano, de quien ya hemos hablado, gobernaba el castillo de Omano, que era propiedad de la Iglesia.  Sucedió que el tesorero de Gil estaba falto de dinero. Después de pedir consejo a Hugo Arpense, decidió pedir a Stefano un empréstito de mil monedas de oro. Stefano se había apoderado de cuatro años de las rentas del castillo. Esto le pareció a Gil fuera de toda justicia. Por lo que ordenó a Stefano que, en el plazo de seis días, devolviese el castillo. Stefano obedeció. Además Gil le ordenó que entregase quinientas monedas de oro. Lo demás, ya que había recogido frutos, podía conservarlos. El pueblo de Aquapendente, cuya liberación tanto había costado, pagaría trescientas monedas de oro y el mismo cardenal daría doscientas.
 31.- Gil decidió abandonar Orvieto, por lo que nombró a Vittorio gobernador militar de la plaza. Para dirigir la ciudad y encargarse de los asuntos judiciales, nombró a Albertazzo Ricásoli, varón de grandes cualidades, bajo cuyo mando puso doscientos jinetes y cuarenta peones. En sus manos quedaban todos los impuestos de la ciudad. Poco tiempo después el Cardenal marchó a Montefiascone. Giovanni de Vico, considerando que acabaría en  el exilio, ya que las ciudades del Patrimonio le habían abandonado, envió una embajada a Gil rogándole que se apiadase de él, pues nada deseaba con más ardor que hacer las paces con la Iglesia romana y estaba dispuesto a devolver las ciudades, castillos,  fortalezas y aldeas que poseía. Suplicaba que no se buscase su perdición: él estaba dispuesto a entregar en rehenes a su hijo y la fortaleza que el cardenal eligiese. Sólo pedía que Gil le asignase un pequeño castillo, con cuyas rentas pudiese  satisfacer sus necesidades. Gil en su clemencia, se conmovió y aceptó las propuestas de los embajadores. Poco tiempo después le fueron entregados la fortaleza pactada y el hijo de Giovanni, que mandó encerrar en un castillo.
 32.- Acompañaba e Gil por aquel entonces Leggero  Andreotto, ciudadano de Perugia, que siempre se había mostrado adicto al legado, y hombre de toda confianza. Éste fue el elegido para el gobierno de Viterbo. Para que le acompañasen en esta ciudad, fueron puestos a su disposición doscientos jinetes, bien preparados y equipados. Cuando entró en Viterbo, toda la ciudad se llenó de alegría.
 33.-  Al día siguiente marcharon a Viterbo, por  orden de Gil, los obispos de Zaragoza y Badajoz, con dos mil jinetes y cuatrocientos infantes, bajo el mando del primero. Enseguida les fueron abiertas las puestas. Todavía no habían llegado a la plaza principal y ya les habían sido entregadas las llaves de las puertas de la ciudad,  las torres y la ciudadela. Fueron recibidos con los mayores honores. Al día siguiente el pretor de la ciudad pronunció en el foro un discurso elocuente y profundo. Exhortó a los ciudadanos a la paz y a la concordia. Les demostró que nada les era más conveniente que mantenerse en su actual decisión; ya que la paz es fundamental para la conservación de las ciudades. Desarrolló y explicó grandemente esta idea. Giovanni de Vico, que estaba presente, alabó en gran manera el discurso. Estaban también allí los hermanos de Giovanni y gran cantidad de nobles varones. Giovanni había desterrado a muchos ciudadanos; excepto a cinco, a todos restituyó Gil en su antigua posición. Mandó que fuesen elegidos nueve cónsules, un consejo de doscientos ciudadanos y muchos jueces. También trescientos varones para que mirasen por la dignidad de la Iglesia romana y  defendiesen sus derechos. Mandó además excluir de todos es- tos cargos a todos aquellos en quienes se percibiesen señales  de arbitrariedad, insolencia, crueldad o audacia.
 34.- Giovanni de Vico instaba para que Gil cumpliese sus promesas. Los obispos le respondieron que habían de consultar este asunto con el legado.  Gil enterado de tal petición, respondió que no tenía por costumbre negar sus promesas, pero debía hacer lo que creyera más provechoso para la Iglesia de Roma. Por lo que ordenó que Giovanni de Vico, sus hermanos, sus hijos y sus parientes saliesen de la ciudad y,en adelante, no se atreviesen a entrar en ella. Giovanni se había equivocado completamente al creer que Gil aceptaría su petición. Se conformaba, si estaba en manos de Egidio hacerlo, con que le nombrasen pretor de Viterbo, si esta ciudad le era tributaria. Ante esta situación en Viterbo, Gil decidió que ni Giovanni, ni sus hermanos, ni sus hijos, ni sus parientes, volviesen a Viterbo antes de doce años. Y si Giovanni no cumplía lo mandado, debería   pagar cinco mil monedas de oro o buscar alguien que las pagase por él.
35.-  Entretanto, el prefecto del Patrimonio estaba sumamente inquieto. Ya que esperaba incrementar en mucho sus honores y sus ganancias. Gil enterado de ello, decidió que no debía complacerle. Entonces el prefecto empezó a pedir más de lo que era decoroso darle. Gil le respondió: “Hay que poner estos asuntos en conocimiento del papa Inocencio. No está en mis manos complacerte. Lo que el Pontífice decide, se hará. Dentro de poco partirá para Francia el obispo de Badajoz. Yo le  entregaré tus peticionas para que las traslade al Pontífice  y me  atendré a sus decisiones”.

3ó.- Mientras sucedía esto en Italia, llegó a Gil una carta del papa Inocencio en estos términos: “Hemos leído y releído la carta que nos hiciste llegar, ya que venía llena de justicia, fidelidad, victorias y alegría. Estamos muy obligados a tu valor porque, no sólo has apartado de Nos y de la Iglesia romana tantas calamidades, sino porque nos has librado de ellas. Sólo nos queda advertirte, aunque sea por demás, que no te dejes engañar por Giovanni de Vico, no sea que te haga  una jugarreta, como vulgarmente se dice. Porque es hombre  muy taimado, del que no hay que fiarse en absoluto. Si Franceco Ordelaffi y Giovanni Guglielmo Manfredi no se enmiendan,  devuelven las ciudades de la Iglesia en el plazo señalado y se ponen de nuestra parte, serán excomulgados y les pesará su ambición al verse castigados con una pena ajustada a su culpa”. Al día siguiente Gil escribía al Sumo Pontífice en este tenor.

37.- “Beatísimo Padre: Gracias a Cristo óptimo máximo, todo el Patrimonio goza de paz.  Fui a Viterbo. Los honores que me dispensó aquella ciudad, son  inenarrables. Como diese licencia a los ciudadanos para expresar su parecer, todos a una me rogaron que hiciese construir allí una fortaleza. No rechacé su petición ya que juzgué más conveniente para la Iglesia romana gastar el dinero en construir una fortaleza  en Viterbo, que en pagar a los soldados. No debe admirar a Vuestra Santidad que haya puesto sobre mis hombros tan gran empresa. Viterbo es la cabeza del Patrimonio y si se perdiese ya no habría nada que hacer. Obligado por la necesidad, acepté esta provincia. Tengo que tratar muchos asuntos que no puedo exponer con pormenores. El obispo de Badajoz, hombre honrado y dotado de toda virtud, que envío a  Vuestra Santidad, os lo explicará todo”.

38.- Todavía no había partido el prelado pacense, cuando Gil recibió una carta de Giovanni, arzobispo de Milán, en la que pedía le devolviese sus tropas. Le respondió lo siguiente: “Gracias a Cristo, he logrado retornar todo el Patrimonio a la potestad de la Iglesia romana; para cumplir la promesa que había hecho, no rehuí ninguna penalidad ni ninguna clase de muerte. Me instas a que te devuelva las tropas que enviaste en mi refuerzo. De momento no puedo enviarlas porque, aunque están en las ciudades, no están ociosas. Cumplen más misiones que si estuviesen en campaña. Los tiranos están tan consternados y asustados que no se atreven a salir de sus refugios. Estoy sumamente esperanzado en que pronto estarán bajo la autoridad del Pontífice”.

39.- Todavía no había vuelto de Italia el obispo de Badajoz, cuando Gil recibió una carta del Papa, cuya lectura le llenó de admiración, pues el arcediano de Ancona, que había ido a visitar al Pontífice, le imputaba haber entrado en negociaciones con los Malatesta y haberse aliado con ellos. Gil no pudo soportar una tal injuria, pues nunca le había pasado por la cabeza tal pensamiento. Por lo que le respondió estos términos: “Beatísimo Padre, nunca he sido tan temerario como para emprender sin tu conocimiento una negociación tan grave y tan difícil con los enemigos de le Iglesia. Nadie debe admirarse de esto, ya que entonces estaba en una dura y continua lucha con Giovanni de Vico, el más potente y el más cruel de los tiranos. Encaminé todos mis pensamientos y mis preocupaciones a su abatimiento. Pero no por eso dejaba de pensar en hacer la guerra a los tiranos de la Romaña, en el momento propicio. Muchas veces me enviaron embajadas, pero nunca les concedí ningún crédito, ya que nada existe tan inconstante ni tan mudable como la voluntad de los tiranos. No desconocían que una vez devuelto todo el Patrimonio a manos del Pontífice, me dirigiría a la Flaminia. No negaré que los Malatesta me enviaron legados para negociar la paz entre ellos y la Iglesia. Nunca di oídos a sus palabras. Ya que ni estaba en mi mano ni era asunto que se pudiese tratar sin el consentimiento del Pontífice. Además conocía la manera de ser de los tiranos, que nunca obran sinceramente. De todo ello, como se trataba de asuntos de poco interés, nunca me creí obligado a informar a Vuestra Santidad”.

40.- Ventidós meses después, los Malatesta enviaron una nueva embajada a Gil. Éste, lo primero que les dijo fue: “Exponed vuestra oferta definitiva”. El de más dignidad respondió: “Si confirmas a   nuestros  príncipes las ciudades que poseen, te darán como  tributo diez mil monedas de oro cada año, y pondrán a tu disposición doscientos jinetes durante dos meses”. Respondió Gil:  “No tengo poder para acceder a ello”. Y el legado: “Si estuviese en tu mano hacerlo, se te entregarán cada año doce mil monedas de oro y podrás usar de trescientos caballeros durante tres meses. Además, podrías emplear todas esas fuerzas en recuperar las ciudades de la Iglesia”.

viernes, 30 de mayo de 2014

Parte VIII de nuestra transcripción de la Vita Aegidii, según la traducción de Julián Donado Vara. Números 25 a 30.

                   
Porticata en la parte baja, junto al  Cortile, entrando a la izquierda. Ese era el "bel camino"....  que tenía que hacer yo, todos los días.....per entrare nella mía stanza, l'ultima camera a sinistra, accanto a la Biblioteca....che non potrò mai dimenticare....!
      

25.-  Había en el campamento muchos varones  nobilísimos a los que Gil invitó a un  banquete. Mientras comían y bebían, sucedió que cinco viterbienses, de acuerdo con los guardianes de la torre, promovieron un tumulto y pidieron ayuda a los soldados de la Iglesia. Todo el ejército se puso enseguida sobre las armas. Unos, escalaban la muralla; otros, con hachas, atacaban los muros para  agujerearlos. Sin embargo todo fue en vano. Pues los que Giovanni había colocado para defender la torre, se acobardaron y la devolvieron a de Vico.

26.- Con la campiña de Viterbo completamente devastada, muchos castillos perdidos y sin recibir tropas de caballería ni de infantería, Giovanni prometió a su hija en matrimonio, junto con una rica dote, a Fra Anníbale de Monreale, con el propósito de atraerse a toda la compañía Sin embargo, se engañó, pues Gil había recibido cartas del rector  de Spoleto y del obispo de Foligno, en las cuales  le comunicaban que habían interceptado todos los caminos y ni  lo habían dejado pasar, ni, mientras ellos pudieran, pasaría. Al día siguiente partió para Montefiacone, después de haber dotado todas las fortalezas y castillos con guarniciones suficientes, ya que temía que la compañía no se dirigiese contra ellas y las pusiese bajo su mando. Con el resto del ejército se dirigió a Orvieto. No hubo nadie en la ciudad que no saliese a su encuentro. Se tomó el acuerdo de abrir todas las  puertas de la ciudad. Vio la ciudad tan arruinada que se compadeció de ella. Eran numerosos en la ciudad los soldados; encontró en ella casi trescientos. Después de bendecirlos a todos y celebrar misas solemnes, muffatos y merculinos se reconciliaron. Después hizo volver a la ciudad a los ciudadanos que habían sido desterrados. Además, hizo prometer con juramento al pueblo que serían enteramente fieles a la Iglesia romana. Por fin, la ciudad estaba bajo la potestad del Pontífice. De tal manera era querido Gil por los de Orvieto, que no se habría encontrado a nadie que le fuese contrario. Poco después,  Frascati siguió los pasos de Orvieto.


27 – Giovanni de Aleria gobernaba como tirano en Ameria. Éste se confesaba amigo de Giovanni de Vico, pero no se declaraba contrario a Gil: era hombre ambiguo, Gil le envió un mensaje ordenándole presentarse ante él, advirtiéndole que si se negaba, le serían confiscados sus bienes. Gil moraba entonces en Orvieto. Giovanni obedeció, esperando que, con su astucia, lograría convencer a Gil. Pero Gil no oyó sus consejos, sino que le mandó que no volviese a Ameria. Todavía estaba Giovanni de Aleria en Orvieto cuando Egidio envió como sus embajadores a Ameria, a Giovanni Alberti y al gran prefecto, que a su vuelta le atestiguaron que aquellos habían sido siempre fieles a la Iglesia. Dichos embajadores les exhortaron a que se pusiesen bajo la autoridad y dependencia del papa Inocencio. Aquellos estuvieron completamente de acuerdo con las peticiones de los embajadores.

28.- Todavía estaba Gil en Orvieto, cuando se supo que una compañía en son de guerra recorría la campiña de Todi. De manera que, después de descansar algunos días, envió unos mensajeros a la compañía para que averiguasen las causas por las que se habían cercado a Todi. Después de discutir largo rato, pidieron una enorme suma de  dinero. Ésta era la causa real de su ataque al territorio de  la Iglesia. Gil se negó a pagarles. Fortificó como le fue posible las ciudades de la Iglesia. Mandó a su tesorero que asalariase hasta dos mil jinetes. Finalmente la compañía, sin molestar para nada las ciudades de la Iglesia, se dirigió a la comarca de Siena y la devastó. Los de Siena les dieron dinero, y entonces, por las tierras de Arezzo y de Florencia, se dirigieron al territorio de Pisa, obteniendo dinero de todos ellos.

29.- Después que la compañía hubo abandonado  las tierras de Todi, el gobernador del Ducado, con doscientos de a caballo, se dirigió a Spello. Le auxiliaba el prefecto del Patrimonio. Devastaron la campiña y en seis días se apoderaron de la ciudad. Sus habitantes se declararon vasallos de la Iglesia. Por este tiempo Giovanni Cancuzzo era tirano de Gubio. Gil envió a la ciudad unos embajadores para exhortar a los ciudadanos a que volviesen a la amistad de la Iglesia romana. Advirtiéndoles que, si se negaban, se exponían a sufrir las mayores calamidades. Los ciudadanos respondieron que harían la voluntad de Gil. Pero como dejasen  pasar los días, les envió otro embajador acompañado de una  fuerte escolta armada. Entonces los de Gubio se rindieron entregando las llaves de las puertas, el palacio y las fortalezas al embajador.    

30.-  Stefano, de quien ya hemos hablado, gobernaba el castillo de Omano, que era propiedad de la Iglesia.  Sucedió que el tesorero de Gil estaba falto de dinero. Después de pedir consejo a Hugo Arpense, decidió pedir a Stefano un empréstito de mil monedas de oro. Stefano se había apoderado de cuatro años de las rentas del castillo. Esto le pareció a Gil fuera de toda justicia. Por lo que ordenó a Stefano que, en el plazo de seis días,  devolviese el castillo. Stefano obedeció. Además Gil le ordenó que entregase quinientas monedas de oro. Lo demás, ya que había recogido frutos, podía conservarlos. El pueblo de Aquapendente, cuya liberación tanto había costado, pagaría trescientas monedas de oro y el mismo cardenal daría doscientas.

   

jueves, 29 de mayo de 2014

Parte VII de nuestra transcripción de la Vita Aegidii, según la traducción de Julián Donado Vara. Números del 20 al 25


     

La Domus Yspanica que concibió y que realizó el  biografiado en la Vita Aegidis, y que todos hemos frecuentado, en los últimos seis siglos y medio. Es una vista, que nuestro cardenal no pudo ver, aun estando con vida, pero cuyo edificio sus sobrinos, bien encargados por él, realizaron tan impecablemente, como se encuentra hoy en día.
Sin exagerar, creo ciertamente que es el primer edificio del Renacimiento, en Italia... and beyond! 


   20 .- Cuando Giovanni de Vico se llevó el  ejército a Orvieto algunas personalidades de Viterbo, del partido popular, habiendo juntado trescientos hombres equipados y armados precedidos por una bandera provocaron un tumulto antes del alba gritando: ¡Viva el pueblo de Viterbo y mueran todos los tiranos!. No habían llegado todavía a la plaza principal cuando Piero de  Vico, hermano de Giovanni de Vico, con algunos amigos y cómplices de Giovanni ocupó ésta; al primer choque puso en fuga a los populares, encarceló a muchos y mandó decapitar a los  cuatro principales. Más de cien varones, para no acabar ahorcados, abandonaron la ciudad y se refugiaron en las fortalezas de la Iglesia. En esta ocasión Giovanni de Vico acumuló gran cantidad de dinero. A Gil esto se le hacía insoportable. Además, casi no pasaba ningún día sin que aquel hiciese una incursión hasta las puertas del castillo,  devastando la campiña de Monte Flascone. Gil no podía resistirle de ninguna manera. Pues contaba con un número de soldados mucho menor, aunque Vico había enviado a Roma lo mejor de su ejército, para que pasasen a cuchillo a los populares,  si alguno de ellos se atrevía a separarse de su obediencia. Ciertamente esperaba que el emperador   vendría en su auxilio, desde la Galia Cisalpina, con un ejército incontenible. Además, aunque los de Perugia le habían enviado seiscientos caballeros, había mandado al obispo de Badajoz que pidiese al Papa en su nombre que le enviasen ochocientos caballeros y quinientos peones, entre los cuales hubiese trescientos ballesteros.


21 - Si bien la situación de Gil el año anterior había llegado a ser apurada, la fortuna, que es libre en su obrar, hizo las paces con él, ya que quinientos caballeros, que eran la flor y nata de todas las tropas de Giovanni de Vico, gracias a los manejos de Gil, se pasaron a la  Iglesia romana. Además le llegaron de Francia trescientos jinetes bien instruidos y armados. Los de Perusa le enviaron doscientos caballos. Cuando Giovanni se enteró de esto, no se atrevió ya a hacer ninguna salida; se quedó en Orvieto. No lejos de esta ciudad hay un templo dedicado a San Lorenzo; Giovanni había fortificado este templo con soldados experimentados y todo género de defensas y había construido a su alrededor un foso muy ancho y profundo. Cuando lo supo Gil ordenó sobre la marcha que Giordano dirigiese sus tropas al templo  y, emplazando oportunamente la artillería, lo atacase. Tan  a pecho tomó Giordano la orden, que el mismo día que atacó el   templo, lo tomó. Giovanni había dejado para defender el templo treinta infantes, que enseguida se rindieron. El gobernador movido a misericordia, los perdonó a todos. Giovanni que contaba con caballería y quinientos peones, no solo rehuyó la batalla con Giordano, sino que ni siquiera salió de la ciudad.   Éste,  dejando a Concharato y a los nobles Alberto Ricassoli y Benedicto Oribario con ciento cincuenta peones para que defendiesen el templo, partió hacía Bolsena. Al saberlo Giovanni  de Vico salió de la  ciudad con toda la caballería y  ciento cincuenta peones.  Los del templo no le tacaron. Por lo que envió  cinco exploradores los cuales, al ver los  estandartes enemigos, volvieron atrás diciendo que un convoy de defensa se dirigía al templo. Entonces Giovanni se puso  en fuga. Los que estaban en el templo le salieron al encuentro y se trabo la lucha. Tanto la caballería como la infantería de Giovanni tuvieron numerosas bajas, el mismo de Vico huyó a la ciudad con el caballo herido y perdió su estandarte. Desde aquel día, Giovanni no aventuró ni un pie fuera de la ciudad. El mismo día de este encuentró, Jacobo de  Pistoia, sobornado por dinero, entregó a la Iglesia romana la fortaleza que estaba bajo sus órdenes y abandonó el partido de Giovanni. Los soldados de la Iglesia se apoderaron de Corsino, escalando las murallas. Esta ciudad podía suponer un serio obstáculo para el paso de los convoyes destinados a las tropas de la Iglesia. Por este tiempo Gil recibió la ciudad  de Toscanella con su castillo. También por entonces Gil  nombró a Andrea Salomoncello, hombre muy entendido en asuntos militares, gobernador del ejército eclesiástico. Éste poseía todos los conocimientos militares necesarios. Mientras sucedía todo esto en el Patrimonio, el legado quería ser recibido en Florencia, para descansar de la vida militar, por lo que envió a la ciudad cuatrocientos jinetes

22 .- Gil empezaba ya a tener esperanzas de lograr una total victoria, ya que el príncipe de Milán le era completamente fiel,  pues se confesaba dispuesto a prestarle todo tipo de ayuda; y el consejero que había enviado junto a él, corroboraba lo mismo. El corto número de soldados les proporcionaba un aumento de soldada. Gil necesitaba mucho dinero. El partido de la Iglesia, era cada día más firme. Los enemigos, en cambio, se veían abocados a un gran desastre que no podían evitar de ninguna manera; su bando se desmoronaba día a día. Las tropas de la Iglesia eran mucho más numerosas. Muchos tiranos, preocupados por defender su situación particular, habían abandonado a Giovanni de Vico. Ni Florencia, ni Siena, ni Perugia permitían el paso a las tropas de Giovanni. Éste tenía sobre las armas alrededor de setecientos soldados. Por otra parte apenas podía hacer llegar a sus hombres y caballería la ayuda suficiente para que no pereciesen de hambre. Gil afirmaba que no esperaba ni pedía a Dios otra cosa, sino que le fuesen enviados cuatrocientos soldados españoles para su guardia personal, ya que se fiaba poco de los soldados italianos, pues entre éstos eran frecuentes las deserciones.

23 .- Giovanni de Vico, que como hemos dicho huyó a Orvieto, poco después se dirigía al castillo de Aquapendente para descansar durante unos días de las fatigas de la lucha. Cerca de él le salió al paso Andrea Salamoncello con un escuadrón de infantería ligera. De pronto se levantó un gran clamor y entraron   en liza espadas y lanzas. La lucha fue favorable a Andrea. Giovanni, al ver que la suerte le era adversa, retrocedió hasta Orvieto. La lucha fue pródiga en muertos y en heridos graves. Al día siguiente, Andrea condujo  su ejército a la fortaleza de Rocca Abadía, que le pareció inexpugnable, por lo que, en vez de atacarla, se contentó con ponerle sitio. Los defensores, sin ninguna esperanza   de ser auxiliados y apretados por el hambre, se rindieron. Poco después Gil marchó a Toscanella y exhortó e hizo jurar a los ciudadanos que no abandonarían el partido de la Iglesia, para que supiesen el castigo a que estaban expuestos si se pasaban de nuevo a los tiranos. Por este tiempo se presentaron a Gil embajadores de muchas ciudades, rogándole que no las creyese del partido de los tiranos, aunque hubiesen  obedecido sus órdenes, pues el miedo les había empujado a cometer tal falta. Por el gran favor que les había hecho de librarlos, por su inteligencia y su valor, de tan miserable esclavitud, le entregaban sus ciudades y sus fortalezas. Gil les dio efusivamente las gracias por su benignidad. También en muchas ciudades de la montaña, que Giovanni de Vico había fortificado y armado para la guerra, cuando supieron que Gil enviaba contra ellos el ejército de la Iglesia, los defensores, atendiendo a su conservación, abandonando armas y caballos, huyeron aterrados de las fortificaciones. Gil consultó a los nobles y expertos varones  que le acompañaban,  si devastarían la campiña de Corneto.  Todos estuvieran de acuerdo en que era necesario castigar a los rebeldes cornetanos. El legado se conformó con su decisión. No contento con ello Gil envió a Giordano y a su sobrino Blasco a   Roma, para que llevaran al Patrimonio las tropas de la Iglesia, que habían invernado en la ciudad, y  colocasen su campamento a las puertas de Viterbo. Al enterarse de la desolación de Corneto, Giovanni envió a Renerio Victorio,  quien amaba como un hermano y era muy experto en toda clase de tretas. con ciento cincuenta soldados para que defendieran la ciudad. Por entonces Gil había  entregado Monteflascone a Carlo de Adula para que lo defendiese.  A tres mil pasos de Monteflascone estaba la fortaleza llamada Rocca Castellana; su gobernador deseaba coger prisionero a Carlo, por lo que le escribió advirtiéndole que, si se dirigía al castill al alba del día 21 de abril, se podría apoderar de la torre mayor de la fortaleza. Le señaló sobre todo lo importante que era que enviase delante la caballería. Mientras, envió con todo sigilo un mensajero a Ranerio para avisarle de que, al llegar la fecha señalada, se acercase a la Rocca con todas sus tropas y se ocultase cuidadosamente en el bosque vecino. Carlo, deseoso de obtener dicha fortaleza, saltó sobre el caballo y de improviso, por inspiración del cielo, entró en sospecha de que en el bosque no hubieses alguna celada dispuesta en contra suya. Por lo que envió por delante cincuenta peones y diez jinetes, y se ascondió con el resto  de sus tropas entre los matorrales. Al acercarse la avanzadilla de Carlo, el gobernador de la fortaleza, que los había visto a venir, empezó a exclamar a grandes voces: ¡Viva la Iglesia!, y a arrojar dardos. Entonces Ranerio, que había mantenido sus tropas en silencio, salió del bosque y se lanzó sobre ellos. Carlo, al oír el clamor, acudió al lugar de la contienda y se lanzó a la lucha con todas sus tropas. Largo rato estuvo dudosa la batalla. Finalmente Carlo logró la victoria. Ranerio que huía, fue herido; el gobernador fue hecho prisionero,  también se ganó una bandera. Además fueron cogidos veinte jinetes y otros muchos perecieron; pocos lograron escapar. Carlo arrancó de mano de los enemigos, los caballeros y peones que había enviado como avanzadilla. Algunos persiguieron a los que huían; los que eran alcanzados, eran muertos o hechos prisioneros. El general había decidido dirigirse a Corneto para sitiarlo y tomarlo. Temiendo esto, Luigi, hermano de Giovanni de Vico, entró de noche en la ciudad con cien jinetes. Sin embargo, Carlo devastó la comarca, para proporcionar grandes privaciones a los de Corneto. Así acabaron con las cosechas de aquel año.

24 .- Mientras el pueblo romano se preparaba,  Gil decidió que Giordano se dirigiese con el ejército al castillo de Celerio, distante cinco mil pasos de Monteflascone y devastase su campiña. Y que castigase con la misma calamidad a Vetralla y todas las demás fortalezas de que Giovanni de Vico se había apoderado. Pocos días después llegó al campamento de la Iglesia el ejército romano, conducido por el  conde Giovanni. La casualidad quiso que se entablase en el campamento una dura disputa entre cierto noble romano y otro germano. De repente se tocó alarma y se generalizó la lucha. Abundaron los muertos y heridos. De tal manera que, a no ser por algunos nobilísimos varones que se interpusieron para apaciguar la discordia, la Iglesia romana se habría quedado sin defensa y sin dignidad. Por fin, pacificados los contendientes, lo que tuvo que hacerse por favor del cielo, establecieron el campamento cerca de Viterbo. No pasaba día sin que se realizasen salidas para devastar los cultivos. Mientras, Giovanni había acudido a la ciudad movido por la ira y ciego de avaricia. Recababa de todos los ciudadanos acomodados, tanto güelfos como gibelinos, grandes sumas de dinero .A los que se negaban a entregarle las cantidades exigidas, los sometía a  refinados tormentos. Los de  Viterbo al conocer la crueldad de Giovanni de Vico, se amotinaron al amanecer al grito de: ¡Viva el pueblo y mueran los tiranos, que no hay nada más miserable ni más calamitoso, para el pueblo, que estar condenado a su gobierno! Piero di Vico, grandemente irritado, pasó algunos a cuchillo y desterró a otros; otros se salvaron huyendo. Giovanni, todavía no había vuelto Luis de Viterbo, retornó a Viterbo y expulsó de la  ciudad a las viudas y huérfanos güelfos. Por este tiempo, llegó Gil al campamento e indujo a los soldados a que arrasasen las chozas de la campiña de Viterbo, talasen sus viñas y sus árboles y segasen sus mieses.

25.-  Había en el campamento muchos varones  nobilísimos a los que Gil invitó a un  banquete. Mientras comían y bebían, sucedió que cinco viterbienses, de acuerdo con los guardianes de la torre, promovieron un tumulto y pidieron ayuda a los soldados de la Iglesia. Todo el ejército se puso enseguida sobre las armas. Unos, escalaban la muralla; otros, con hachas, atacaban los muros para  agujerearlos. Sin embargo todo fue en vano. Pues los que Giovanni había colocado para defender la torre, se acobardaron y la devolvieron a de Vico.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Parte VI de nuestra transcripción de la Vita Aegidii, según la traducción de Julian Donado Vara. Números 15 al 20.


 
Entrada del Emperador Carlos V, en Bolonia, en la Piazza de San Petronio, por Juan de la Corte (Ministerio de Asuntos Exteriores) para ser coronado por el Papa, en 1530, unos 24 años después de haber sido miniada en pergamino, en 1506 la Vita Aegidiis, cuya traducción por el Prof. Julián Donado Vara estamos transcribiendo en este blog, en colaboración con el también colegial de Bolonia, el Prof. José Luis Moralejo Álvarez, y como edición inédita, en regalo al cardenal don Gil de Albornoz y Luna en el DCL aniversario de la firma de su Testamento en la Roca de Ancona.

     15 .- Voy a hacer una pequeña digresión para la mejor comprensión de la historia. Dos príncipes alemanes, uno llamado Fra Monreale y el otro conde Lando, con cinco mil jinetes y tres mil peones vinieron a Italia para destrozar ciudades y castillos. Ambos príncipes acordaron que no lucharían bajo banderas contrarias. Si uno de ellos luchaba por la Iglesia el otro haría lo mismo. Si Lando luchaba para Giovanni de Vico, lo mismo haría Fra Monreale. Ya que estaban sumamente unidos de pensamiento y voluntad y juzgaban que era imposible que los enemigos, bajo cuyas banderas luchasen, obtuvieran ambos buen éxito. Este ejército era llamado normalmente compañía. Gil se esforzaba para que esta compañía luchase a favor de  la Iglesia. Giovanni de Vico les prometía una gran cantidad de oro y plata para que se pasasen a su partido. Ninguno de los dos pudo nunca atraer a su bando a la compañía ni a  sus jefes. Ellos habían  decidido vivir libremente. Todavía  estaba Gil en Siena cuando los peruginos le enviaron embajadores para que pasara a Perugia, que estaba profundamente dividida. No dudó ni un momento en dirigirse a pacificar la  ciudad. Se puso en camino enseguida.  Su llegada alegró de manera increíble a los de Perugia. Procuró por todos los medios la pacificación, ya que lo contrario podía resultar muy perjudicial; por la gracia de Cristo logró convertir el odio en paz. Entonces les suplicó que se mantuviesen fieles a la Iglesia romana. Todos respondieron que,  por la dignidad y salvación del dominio sagrado, no ahorrarían ningún esfuerzo ni ningún riesgo. Entre tanto los embajadores que Gil había enviado a la compañía volvieron sin haber obtenido ningún  resultado. Entonces deliberó con los peruginos qué se podía hacer. Se acordó asalariar novecientos soldados, bajo el mando de Fra Monreale, para que luchasen bajo las banderas de la Iglesia. Y además dos mil soldados bien pagados, al mando de sus jefes. Decidió esto, y los embajadores se dirigieron de nuevo a la compañía y recibieron esta respuesta: que era completamente imposible que la compañía se dividiera. La habían formado con esta condición, que habían confirmado con su juramento: Que todos entrarían en el mismo bando, y no querían estar bajo el mando de un solo príncipe. Volvieron los embajadores y se renunció al intento. Muchos se dirigieron a la compañía para asalariarla: El conde Caserio contra el rey Luís, Gentile de Mogliano, para llevarla a las Marcas contra Malatesta y el príncipe de Forlí, y Giovanni Vico, que siempre había puesto sus miras en la compañía. En tal confusión Gil decidió enviar a Monreale otra embajada que le hiciese ver que obedeciendo al Pontífice complacería sumamente a éste y en este caso su hermano, magnífico jurisconsulto y óptimo  canonista obtendría del Papa, sin ningún género  de duda, un importante obispado. Y sobre todo que no luchase a las órdenes de aquellos que se declararan enemigos de la Iglesia  romana, y muy especialmente  de Giovanni de Vico, y también que se abstuviesen de dañar lo más mínimo a las ciudades del Patrimonio eclesiástico. Que apartase  de estas ciudades todas sus tropas, para que los partidarios del Pontífice pudiesen reunirse tranquilamente con Gil. Monreale respondió que haría lo que fuese más provechoso al Papa y a la Iglesia romana, y que velaría por la dignidad de los embajadores. Los legados, oída esta respuesta se volvieron.


1ó .- Mientras se discutían estas cuestiones, Monreale había sacado de Todi  las tropas que incomodaban grandemente a Egidio, para dirigirse a las Marcas a unirse con Gentile de  Mogliano.  Cuando se les ofreció la oportunidad, se trasladaron a   las Marcas por la comarca de Bevagna, Foligno, Asís y  Perugia. Gil después de la marcha de la compañía, debía dirigirse a Monte  Fiascone; había acabado con todas las discordias de Perugia, y para que, como los de la ciudad pedían, quedasen unidos a él con mutuo afecto, se olvidasen de sus discordias y no se separasen de la Iglesia romana, quiso que le diesen soldados para su escolta. Los perusinos le prometieron que nunca faltarían a su fidelidad y que sabían que todo lo que tenían y todo lo que eran se lo debían a él. Le dieron seiscientos caballeros para su protección, para que los utilizase como escolta personal,si iba al castillo Falerio. Entre tanto llegaron los embajadores que había  enviado a Giovanni de Vico. Habían discutido mucho con él sobre la paz. Pero muchas de las peticiones de Giovanni de Vico no eran en ninguna manera generosas, y Gil nunca habría asentido a ellas. Antes bien, consideró sus proposiciones sumamente injustas, pues lo  que Vico debía hacer, era excusarse de daños e infamias. Gil no renuncio a lo comenzado, sino que todos sus pensamientos y sus preocupaciones estaban dirigidos a no verse apartado del Patrimonio por las armas. Nada le habría agradado más que solucionar con paz y tranquilidad las cuestiones del Patrimonio. Pero si era necesario acudir a las armas, estaba sumamente esperanzado en obtener, con ayuda de Cristo óptimo máximo, una gran victoria frente  a los enemigos de la Iglesia romana.

17 .- La fortaleza de Falerio, que ahora se llama Monte Flascone, está situada en una áspera cima. Allí se dirigió Gil para invernar, a fin de infligir a  Giovanni de Vico una mayor derrota. Y aunque de momento sus tropas eran poco numerosas, confiaba en que llegaría a tener más soldados que el enemigo. En cuanto se estableció en la fortaleza, se preocupó de que fuese aprovisionada de todo lo necesario para la guerra. Llevaba tres meses allí y el Pontífice no le había enviado todavía ninguna ayuda, por lo que empezaba a dejarse sentir el hambre. No había podido entrar ningún convoy de víveres en el castillo. En esta situación decidió escribir al  Papa lo siguiente:

18 .- “Beatísimo padre, si no nos ayudas dentro de poco tiempo el hambre acabará conmigo, con los soldados y con los caballos. Los que por favor y por obligación debían ayudarme, me han abandonado en la mayor necesidad. Porque si el patriarca  de Aquilea,  el obispo de Todi y muchos sufragáneos me hubiesen socorrido como debían, mi situación sería mucho mejor. El miedo impide que nadie acuda a mi lado. De Córcega y Cerdeña me llegaban muchos mensajeros; últimamente todos han sido interceptados o asesinados. Para obtener más soldados, que me hacían falta, me vi obligado a empeñar  copas de oro y plata. Con el mismo fin contraje grandes deudas. Para tener tropas escogidas envié un tesorero al Patrimonio, a Etruria, a la Galia  Cisalpina. Mi inteligencia no es tan corta que no vea que, si me retiro del castillo de Falerio, el enemigo se apoderará de él. Aunque vaya en busca de la muerte, no me apartaré de lo que he prometido y es justo, pondré todo mi empeño en ser útil a la Iglesia romana.  Giordano Orsini, gobernador del Patrimonio, no se atreve a atacar al enemigo dado al escaso número de sus tropas. Si he de decir la verdad, confieso que estoy sitiado. De momento nadie puede salir ni entrar del castillo con seguridad. El enemigo, por lo que he podido saber por una carta que me han enviado los de Bolsena, tiene la intención de pegar fuego al edificio que nos sirve de molino. Y en  tan triste situación, nadie nos ayuda. Los soldados que tenía conmigo, obligados por la escasez de víveres, se fueron a diversos puntos. No voy a exponer todas las dificultades en que me encuentró, para no sobrepasar los límites normales de una carta. En esta situación Beatísimo Padre, séame propicia la benignidad de Vuestra Santidad”. Gil entregó esta carta para el Papa Inocencio al obispo de Badajoz. 

19 .- Pasados pocos días recibió una carta por la que se enteró de que la ciudad de Orvieto padecía graves trastornos y sus habitantes habían apelado a las armas. Muchos ciudadanos habían  resultado muertos en la pelea y otros muchos habían  sido heridos de frente o por la espalda. Enseguida se buscó un hombre notable por su virtud, su fama, sus éxitos y sus hazañas para que se trasladase a Orvieto, a pesar de que los bosques de  Monte Flascone se veían devastados por numerosos bandoleros.  Entonces habría acabado tan noble urbe, si, en medio de tal turbación, no lo hubiese impedido Gil. Ya empezaban a arder los edificios y se había derramado mucha sangre. Nada quedaba entero en manos de los facciosos. Cuando este varón llegó a la ciudad pronunció un discurso, exhortando a la paz y a la concordia; los ciudadanos, conmovidos, depusieron las armas e inclinaron sus espíritus a la pacificación. Estando Orvieto en esta situación, Gil aconsejó  por carta a este varón que pidiese en su nombre rehenes a ambas facciones, ya que no podía ser más  provechoso a la ciudad. Dos facciones perturbaban la ciudad:  Merculina y la Beffata. Unos seguían la Merculina, otros la Beffata  y eran frecuentes las heridas y las muertes. Sin embargo, ambas eran partidarias de la Iglesia romana. Gil, para que no se atacasen mutuamente, impuso un año de tregua. Además con los rehenes dados por ambas partes a Egidio, se calmaron las discordias. Entonces declararon  la guerra a  Giovanni de Vico.  Por lo que Giovanni, arrebatado por la ira,  se dirigió con gran  cantidad de tropas a Orvieto. En  cuanto penetró en ella, los ciudadanos tenidos por más nobles y más ilustres de la ciudad, fueron sometidos a refinadas torturas. Después exigió una gran cantidad de dinero. Más tarde, cuando decidió abandonar la ciudad, asesinó a muchos. Finalmente se llevó muchos prisioneros, de los que  obtuvo, como rescate, ocho mil monedas de oro.