martes, 27 de mayo de 2014

Parte V de nuestra transcripción de la Vita Aegidii, según traducción de Julian Donado Vara. Numeros de 10 al 15

       

        

Tumba de la madre de Don Gil, que prácticamente preside toda la Capilla de los Caballeros, en la Catedral de Cuenca, como originaria de la dinastía de los Luna, del Reino de Aragón y hermana del Obispo de Zaragoza, Ximeno de Luna, que educaría inicialmente a don Gil y el que provocaría que una de las calles y una de las Plazas del Colegio, se llamen Via e Porta Saragossa, en su perpetuo recuerdo.



   10 .- En Turín, noble ciudad de la Galia Cisalpina  gobernaba Jacobo de Saboya, quién, al saber  el que legado apostólico Gil estaba a tres mil pasos de la ciudad,  salió a su encuentro y se consideró muy honrado de hacerlo. Poco tiempo después se acercó a la región que llaman Monferrato  y le fue dispensado un gran recibimiento. De allí pasó a Santa  Ágata, fortaleza cercana a las fronteras del Príncipe de Milán  Después de pasar un día allí, entró en el territorio del Príncipe. Ya el arzobispo que estaba enterado de la llegada de Gil, había enviado varios eques auratus y en especial dos parientes y deudos suyos , aparte de muchos varones sobresalientes por su prudencia y su saber para que le saliesen al encuentro y le acompañasen en su venida a Milán, sin separarse para nada de él. De improviso se presentó un heraldo anunciando por orden del príncipe que el legado Gil y todo su acompañamiento no debían pagar  nada de la comida ni de la bebida que gastasen. El príncipe de Milán siempre había sido deseoso y ávido de honores. De manera que si alguien no hubiese cumplido su voluntad, le habría castigado. Cuando Gil se hubo acercado hasta dos mil pasos de Milán, el Arzobispo en persona le salió al encuentro con una lucidísima y grandiosa comitiva; después de haberse saludado, conversaron largo rato y finalmente Gil fue conducido a un magnífico palacio. Su llegada fue recibida con ornato increíble. No era posible encontrar a faltar nada en cuanto al adorno de las puertas, vestíbulos, salas y alcobas. Gil, una vez en el palacio,  entregó a su secretario una carta del Papa para el príncipe, escrita en los siguientes términos: “Hemos enviado a Italia a nuestro venerable hermano el cardenal Gil para que, con las armas, si es preciso, recupere aquellas ciudades que formaban el patrimonio de la Iglesia romana. Te lo recomendamos. Todo lo que hagas en su favor lo consideraremos hecho a Nos. No lo olvidaremos. No tenemos por costumbre echar en olvido los beneficios. Dado en  Aviñón., etcétera”. Al día siguiente el príncipe fue a visitar  al legado. Conversaron en secreto. Gil le expuso ampliamente las causas de su viaje y las órdenes que había recibido del Papa. Le comunicó que había sido enviado a Italia por el Sumo Pontífice para recuperar las ciudades y fortalezas de la Iglesia romana que estaban oprimidas por los tiranos. El Papa había depositado en él  toda su confianza y su esperanza. Perseguía con odio especial a Giovanni de Vico, que se había erigido en prefecto de Roma. Acabó diciendo que mucho le complacería que un príncipe tan ilustre, varón sobresaliente por su sabiduría, prudencia y experiencia, le prestase toda clase de ayuda. 


11 .- Pero el arzobispo de Milán respondió a  Gil que su parecer era que se trataba de un asunto difícil, que era necesario meditar largamente. Que él siempre había sido tan afecto al Pontífice y nunca había desobedecido su voluntad, y que volvería al día siguiente y le daría a conocer su parecer. Cuando estuvo de nuevo en presencia de Gil exclamó: “Aunque la empresa parezca completamente imposible, ningún obstáculo me apartaría de cumplir el deseo del Papa. Todos mis recursos serán destinados a la conservación y al decoro de la Iglesia romana”. Tal respuesta agradó en gran manera a Gil. Le habían comunicado que, pocos días antes, se habían presentado al arzobispo y habían estado conversando con él unos enviados de los príncipes de Forlí, Faenza, Rávena y de Giovanni de Vico. Supo que entonces acababan de irse los embajadores de los príncipes de Este y de los Malatesta. Gil se entrevistó con el señor de Milán y le preguntó qué motivos habían llevado a la ciudad a los embajadores de los tiranos; porque él  había oído decir, y esta era la creencia común, que los primeros embajadores habían formado una alianza y se habían dirigido al arzobispo porque estaban consternados por la gran potencia del Papa y la llegada de Gil. Unos embajadores de los príncipes de Forlí y Faenza se presentaron a Gil trayéndole importantes cartas comunicándole que sus príncipes deseaban sobremanera volver a la amistad de la Iglesia romana y que olvidarían sus pasados errores, a condición de que, conservando su vida, su honor y sus bienes, pudiesen seguir disfrutando de sus cargos. No ignoraba Gil que los legados no habían venido a Milán sin otro propósito y que no le confesaban la verdad, sino que se expresaban de esta manera para que la gente creyese que hablaban así a causa de la decisión del arzobispo de Milán. Además sostuvo largas conversaciones con el príncipe, de las que Gil sacó la conclusión de que éste temía perder Bolonia si él se dirigía a la Flaminia. Para librarse de esta duda, le preguntó qué camino tomaría. La respuesta no desagradó al príncipe. Estaba enterado de que Malatesta se había dirigido a Ferrara con mil quinientos soldados y había campado cerca de la ciudad. Si Gil le salía al encuentro, Malatesta podía entrar en batalla con él y vencerle ampliamente, ya que la suerte en la guerra es siempre dudosa. Por tanto, exhortó a Gil a dirigirse a le región de Pisa a través de sus territorios, que estaban libres de bandoleros y de incursiones de enemigos. Además los pisanos siempre habían sido  favorables a su parecer y su voluntad. No había ningún peligro. Gil se conformó con el parecer del príncipe y aceptó todos sus consejos. 

12.- Habiendo pues Gil decidido dirigirse al Patrimonio, el príncipe le rogó encarecidamente que aceptase llevar con él dos varones eminentes por su inteligencia, saber y experiencia para que transmitieran a Giovanni  de Vico las palabras del Papa: que devolviese al legado Gil las ciudades y fortalezas que había ocupado contra justicia y que pertenecían a la Iglesia romana. Y si éste despreciaba las órdenes del Pontífice, que le declarasen la guerra. Por último el príncipe le ofreció su saber, su consejo, su ayuda, su protección y su amistad, y mandó llamar a un tal Guillermo, magnífico jurisconsulto y con él a un ilustre varón consejero suyo, encargándoles que acompañasen al cardenal Gil sin separarse nunca  de su lado. Y que avisasen a Giovanni de Vico que se preparase a devolver las ciudades y fortalezas que ocupaba contra justicia, ya que pertenecían a la Iglesia romana. Y si se mantenía en su decisión, que declarasen la guerra de palabra., pues estaba decidido a recuperarlas por la fuerza.

13.- Después de descansar tres días, Gil montó a caballo dispuesto a marchar. En esta ocasión el príncipe de Milán le regaló tres aguamaniles, dos de plata y uno de oro. Llegado que fue al castillo que los del lugar llaman San Domino, se le presentaron unos embajadores del príncipe de Este, los cuales prometieron amistad y obediencia al papa Inocencio. Esta solemne promesa, sin estar  precedida de ninguna victoria, dejará  de admirar sin consideramos  que Malatesta de Rímini había acampado a cuatro mil pasos de Ferrara y muchos ciudadanos de ésta estaban conjurados con él.  Gil considerando cuantos males podían derivarse, mandó al obispo de Torcelli que se dirigiese a Ferrara y tratase de pacificar la ciudad.  Hay una fortaleza en la comarca de Parma llamada Forno Novo; allí había dirigido Gil sus tropas, cuando se  le presentaron unos embajadores de Malatesta y Galeotto de Rímini. Presentadas sus credenciales, afirmaron que sus príncipes, aunque no pasase por la Flaminia, llevarían a mal su acción ya que estaban bien dispuestos hacía él, habían decidido servir siempre al dominio de la Iglesia, le habían sido siempre fieles y que ni el terror ni la esperanza, ni el miedo, ni las promesas, ni las amenazas, les apartarían de la decisión que habían tomado. Nunca asintió a muchas de sus peticiones, completamente injustas. Finalmente los embajadores se retiraron. Gil a través de la región de Pisa se dirigió a Florencia, donde  fue recibido con gran afecto y magnificencia. Le proporcionaron, según sus deseos, quinientos soldados que le ayudasen en la lucha. Al día siguiente Gil envió a Giovanni de Vico los legados del príncipe de Milán para exhortarle a que devolviese el Patrimonio. Al cabo de tres días se dirigió a Siena.  Los principales de la ciudad estaban muy divididos; unos eran partidarios de Giovanni de Vico, otros de la Iglesia. El valor y la habilidad del obispo de Siena y de Gil pacificaron la ciudad. Acordaron ponerse todos de lado de la  Iglesia. Le dieron cien jinetes. Con estas fuerzas decidió fortificar Mevania y Monte Falcone, ya que había tropas de algunos tiranos cerca de estas fortalezas. 

14 .- Por aquel tiempo cinco mil jinetes y tres mil peones alemanes, al frente de los cuales estaban Fra Monreale y el conde Lando, vagaban  por Italia. Aquella compañía era abominable para el papa   Inocencio y enemiga de la Iglesia romana. Se decía   que iban a declarar la guerra a Todi y a Perugia. Cuando estuvieron cerca, mandó que se les presentasen Carlo di Dovadola y Giovanni Alberti, ciudadano florentino, eques auratus. Los envió para que atrajesen la compañía a la causa del papa.  Debían procurar convencer a un grupo para que luchasen bajo las banderas del Pontífice. Pero no debían cerrar ningún trato sin informarle antes a él de las condiciones. Y ello porque Gil sabía cuál era la reputación de la compañía.


  

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